Zenobia caminó durante años las calles de Esquel sin esperar notoriedad. Pollera larga, remera negra, un “puchito” en la mano y andar solitario: su imagen se volvió reconocible para generaciones de vecinos. Sin proponérselo, también se convirtió en fuente de inspiración artística.
Desde la pintura y la fotografía hasta un registro audiovisual espontáneo, distintos creadores locales encontraron en Zenobia algo que iba más allá de lo visible: una historia, un gesto, una forma de habitar la ciudad.
La pintura como homenaje: la obra de María Ezcurra
En 2024, la artista plástica María Ezcurra presentó una obra inspirada en Zenobia en el Salón Municipal de Artes Plásticas de Esquel. No fue un retrato literal, sino una reinterpretación sensible.
“Quería hacer algo representativo de la ciudad y ella siempre me conmovió”, explicó la artista. Ezcurra decidió alejar a Zenobia del gris cotidiano y representarla rodeada de flores. “Yo la veía en un mundo de oscuridad, pero también de luz. Para mí conservaba una inocencia muy profunda”, relató.

La obra, realizada en madera sobre MDF, con relieve en enduido y acrílicos, dialoga estéticamente con el universo floral de Vincent van Gogh. “Quería sacarla de la mirada fija de verla siempre en la calle y mostrar lo que había en su mirada”, resumió Ezcurra.
Un «retrato robado» en la plaza
La fotógrafa Verónica Moyano captó a Zenobia en 2017, durante una marcha sindical en la Plaza San Martín. Las imágenes forman parte de lo que en fotografía se conoce como “retrato robado”.


Foto: Verónica Moyano
“Ella nunca se dio cuenta de que le estaba sacando fotos”, contó Moyano. Zenobia observaba los tambores, avanzaba unos pasos, volvía a mirar. “Le llamaba mucho la atención lo que pasaba. Son fotos muy espontáneas, con su cara natural, en la calle”.
Con el paso del tiempo, esas imágenes adquirieron otro valor. “Era un personaje de las calles de Esquel, muy incorporado a mi infancia. Hoy esas fotos sirven para recordarla”, señaló.

Foto: Verónica Moyano
El documental que no fue y el registro que quedó
Hace algunos meses, Franco Peláez había iniciado un proyecto para registrar a personas emblemáticas de Esquel que forman parte de la memoria cotidiana de la ciudad. “La primera persona en la que pensé fue Zenobia”, contó, aunque reconoció que acercarse no fue sencillo: “Nunca nadie había podido entrevistarla y tuve que buscar la forma de llegar”.
Con el tiempo, ese vínculo se construyó. “Nos conocimos, hablamos bien, me abrió las puertas de su casa y accedió a que la grabe”, relató. En ese proceso, Peláez asumió un compromiso: conseguirle una cocina para que pudiera estar más calentita, ya que las condiciones en las que vivía eran desfavorables para su salud.
Zenobia padecía EPOC, una situación agravada por la humedad de la vivienda y una salamandra que empeoraba el ambiente interior. “Tal vez, si la ayuda hubiese llegado antes, no se habría desmejorado tanto”, reflexionó Peláez. El registro del día en que se instaló la cocina no fue el documental previsto, pero quedó como un testimonio genuino y definitivo.
La huella silenciosa
Zenobia nunca buscó ser símbolo ni personaje. Sin embargo, el arte la eligió. En una pintura, en una fotografía, en un video espontáneo, su figura quedó asociada a una manera de mirar Esquel desde la sensibilidad.
Tal vez esa sea su huella más profunda: haber inspirado sin decirlo, haber sido sin explicarse, y haber quedado en la memoria colectiva desde la simplicidad de su andar.
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