“Para nosotros, Malvinas es siempre, desde hace 43 años”, resumieron al comenzar, destacando el acompañamiento que encuentran en cada ciudad. En Esquel, ese “sentir malvinero” volvió a hacerse presente con respeto, escucha y memoria.
Silvia Barrera: 23 años, voluntaria, instrumentadora quirúrgica
Silvia Barrera, personal civil del Ejército e instrumentadora quirúrgica, contó que en 1982 se ofreció como voluntaria para ir a Malvinas. Tenía 23 años y apenas dos años de experiencia: “Era la más chica de todas”, recordó.
Su tarea se desarrolló a bordo del buque ARA Almirante Irízar, acondicionado como buque hospital, en una etapa en la que el barco permaneció 10 días en Puerto Argentino.
“Recibíamos a los heridos directamente desde el campo de batalla”, relató. Y describió el impacto de la llegada: ver la inmensidad de las islas, “en el mapa parecen chiquitas” y, apenas media hora después, atravesar el primer bombardeo, que se repetiría durante toda la estadía.
En su voz, la guerra aparece con crudeza, pero también con una certeza que atraviesa el relato: la prioridad era asistir. “Nosotras fuimos allá para ayudar a nuestros soldados. No era el miedo: era el trabajo, el deber humano de estar ahí.”
Liliana Colino: evacuaciones aeromédicas y vuelos a ras del mar
La veterana Liliana Colino, enfermera militar de la Fuerza Aérea, compartió un testimonio centrado en las evacuaciones aeromédicas y el funcionamiento de los traslados en plena guerra.
Relató su despliegue al Hospital Reubicable en Comodoro Rivadavia, y recordó las evacuaciones en aviones como el Hércules C-130, en condiciones extremas: vuelos a ras del mar, silencio de radio y oscuridad total.
Describió la logística en Puerto Argentino, con el avión carreteando en pista mientras se descargaban equipos y se cargaban heridos en un margen mínimo de tiempo: “Cuando se acercaban los Harrier, el Hércules despegaba de inmediato”. Contó también el uso de linternas en la boca para poder alumbrarse dentro de la aeronave, en un entorno despresurizado y con fuerte movimiento.
En su reconocimiento a los pilotos y tripulaciones, subrayó que cada vuelo era una maniobra límite: “Fue una hazaña”.

Mujeres de Malvinas: presencia real, visibilidad tardía
En la charla, ambas remarcaron que durante años no se habló lo suficiente del rol de las mujeres en Malvinas. No por ausencia, sino por invisibilización: eran pocas, estaban en ámbitos cerrados y no existían canales para que esos relatos circularan.
“Son miles los veteranos y solo 13 mujeres veteranas”, recordaron, explicando que muchas veces quienes las vieron fueron los heridos, las tripulaciones o el personal que compartió esos espacios. Hoy, con nuevas herramientas y un país que empieza a escuchar, esas voces recuperan lugar.
Una ciudad que reconoce
El paso de estas mujeres por Esquel dejó algo más que un testimonio histórico: dejó una emoción compartida. Porque cuando una veterana cuenta cómo sostuvo una camilla en un avión que volaba bajo para esquivar ataques, o cómo siguió trabajando bajo bombardeos para salvar a otros, la palabra “Malvinas” deja de ser consigna y se vuelve rostro, servicio, humanidad.
Y en esa memoria, Esquel eligió reconocer.
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