En los últimos días, una imagen se repitió en conversaciones, redes sociales y recorridas de vecinos de la cordillera: playas mucho más extensas de lo habitual, costas retraídas y sectores que durante años permanecieron bajo el agua hoy pueden recorrerse caminando.
Uno de los casos más llamativos es el del Embalse Amutui Quimey, de la Represa Hidroeléctrica Futaleufú, donde decenas de personas se acercaron para observar un paisaje poco frecuente. Allí, el importante descenso de la cota dejó al descubierto amplias superficies de terreno e incluso antiguos árboles que formaban parte del bosque antes de la construcción del embalse y que permanecieron sumergidos durante décadas.
El análisis de los recientes informes del INTA Campo Experimental Trevelin confirman que la región atraviesa un marcado déficit de precipitaciones, una situación que afecta la disponibilidad de agua en la cordillera y constituye uno de los elementos que ayudan a comprender el escenario actual.
Una sequía que se profundizó mes a mes
El análisis analiza el comportamiento meteorológico registrado entre abril y junio de 2026, comparando los datos actuales con los promedios históricos relevados desde 1970.
La principal conclusión apunta a las precipitaciones. Abril mostró un comportamiento relativamente cercano a lo normal, aunque ya comenzó a evidenciar una disminución de las lluvias. Durante ese mes se registraron 53,2 milímetros, frente a un promedio histórico de 78,5 milímetros, es decir, un 30% menos de lo habitual.
Sin embargo, el verdadero quiebre llegó en mayo. Ese mes apenas se acumularon 16,4 milímetros, cuando históricamente suelen registrarse 139 milímetros. En otras palabras, llovió apenas el 10% de lo esperado, constituyendo la anomalía más importante del trimestre.
Junio tampoco mostró una recuperación. Las precipitaciones alcanzaron 58,2 milímetros, muy por debajo de los 149,2 milímetros que promedian los registros históricos para ese mes, lo que representa aproximadamente el 30% del valor normal.

La mitad de la lluvia que debería haber caído
La consecuencia de esa sucesión de meses secos fue un fuerte deterioro del balance hídrico anual. Hasta abril, la situación todavía se mantenía muy cerca de la normalidad. El acumulado anual alcanzaba los 189,4 milímetros, equivalente al 95% del promedio histórico para esa fecha.
Pero el escaso aporte de lluvias registrado durante mayo y junio modificó completamente el panorama. Al cierre del primer semestre de 2026, el acumulado anual llegó a 264 milímetros, cuando el promedio histórico indica que deberían haberse registrado 487,6 milímetros.
Esto significa que la región acumula apenas el 54% de las precipitaciones normales, con un déficit cercano al 50% respecto de un año promedio.
Para los especialistas del INTA, este comportamiento configura una sequía meteorológica significativa, con implicancias para la recarga de cuencas, cursos de agua, lagos, embalses y sistemas productivos de la región.

Más heladas y temperaturas inferiores a lo habitual
El informe también detectó algunas anomalías térmicas. El mes de mayo presentó la mayor diferencia respecto de los registros históricos, con una temperatura media de 4,1 °C, casi dos grados por debajo del promedio de 6 °C.
Además, durante ese mes se registraron 24 heladas, el doble de las 12 que históricamente se producen en mayo. En junio también hubo una mayor frecuencia de heladas: 19 días, frente a un promedio histórico de 15,4, mientras que la temperatura media fue de 3,4 °C, apenas inferior al valor habitual.

Un paisaje que invita a reflexionar
Las imágenes que hoy llaman la atención en distintos sectores de la cordillera son el reflejo visible de un proceso que los registros meteorológicos vienen mostrando desde hace varios meses.
En el Embalse Amutui Quimey, por ejemplo, el retroceso del agua permitió que numerosas personas recorrieran sectores normalmente cubiertos por varios metros de profundidad, fotografiaran antiguos troncos que reaparecieron tras décadas bajo el agua y registraran un paisaje inusual para esta época del año.
También en otros lagos, ríos y espejos de agua de la región pueden apreciarse cambios en las líneas de costa, un escenario que despertó el interés de vecinos y visitantes durante las últimas semanas.

Si bien el comportamiento de cada cuerpo de agua depende de múltiples variables hidrológicas y operativas, el informe del INTA aporta un dato objetivo sobre el contexto climático que atraviesa la cordillera: durante el otoño de 2026 llovió mucho menos de lo habitual y el déficit acumulado de precipitaciones alcanza niveles que preocupan a los especialistas.
Con el invierno recién comenzado, la evolución de las lluvias y las nevadas durante los próximos meses será determinante para la recuperación de las cuencas y la disponibilidad de agua en la región.
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