Hay una escena que se repite desde hace décadas en la Patagonia: alguien se sienta junto a una radio, acerca el oído al parlante y espera. Afuera, la estepa parece no terminar nunca. Adentro, entre el mate y el silencio, una voz puede traer noticias de un hijo, el saludo de un hermano, el aviso de un animal perdido o la noticia que nadie quisiera escuchar.
Esa escena, tan familiar para quienes crecieron en Chubut, llegó ahora a las páginas de The New Yorker, una de las revistas más reconocidas del periodismo internacional. En su edición del 19 de octubre, el periodista Jordan Salama publicó The First Social Network –La primera red social–, una crónica que recorre la historia y la vigencia de los Mensajes al Poblador Rural, una de las expresiones más singulares de la comunicación en la Patagonia.
Lo que para muchos habitantes de la región forma parte de la vida cotidiana, para los lectores de una publicación neoyorquina se convierte en una ventana a un mundo donde las distancias se miden en horas de camino, la conectividad no siempre está garantizada y una voz que sale de la radio puede significar mucho más que una noticia.
Esquel, en el mapa de una historia universal
Aunque el relato de Salama se interna principalmente en la meseta central de Chubut, Esquel aparece como una referencia importante para comprender el origen y el sentido de esta tradición.
El periodista menciona a LRA9 Radio Nacional Esquel al reconstruir las formas en que los pobladores rurales logran comunicarse incluso en lugares donde no hay señal de telefonía celular. También recoge el testimonio de Mauro Mateos, conductor de la emisora pública en Esquel, quien explica el papel social que todavía cumplen estos mensajes.
La idea es sencilla, pero poderosa: para personas que pueden pasar días o semanas sin contacto presencial con otros, escuchar la radio genera, aunque sea por unos minutos, la sensación de que la comunidad vuelve a reunirse.
La crónica también recupera una referencia geográfica que cualquier viajero de la región reconoce: la Ruta Nacional 25, el corredor que atraviesa la provincia entre Trelew y la cordillera, en dirección a Esquel. Es la misma ruta que décadas atrás recorrió el escritor británico Bruce Chatwin y que Salama vuelve a transitar para internarse en un territorio donde los pueblos son pequeños, los establecimientos rurales están separados por grandes distancias y el horizonte parece multiplicarse.
El artículo no presenta a la Patagonia como una postal inmóvil. La muestra como un territorio vivo, con transformaciones, dificultades y costumbres que resisten el paso del tiempo.

Una voz que acompaña desde la infancia
Uno de los personajes centrales de la crónica es Karina López, locutora de LU20 Radio Chubut, en cuya voz se transmiten los mensajes rurales desde hace casi dos décadas.
Su historia personal está atravesada por esa tradición. Hija de un peón rural y una cocinera, creció mudándose de un establecimiento a otro junto a su familia, mientras sus padres buscaban trabajo en la meseta chubutense. Durante su infancia, la radio era el vínculo que le permitía recibir noticias de sus padres.
Salama reconstruye algunos episodios que muestran hasta qué punto ese sistema de comunicación forma parte de la vida de una familia. En 1980, cuando Karina nació en un hospital de Trelew, su padre se encontraba trabajando en el campo y se enteró de la noticia a través de la radio.
Años después, cuando él murió, fue ella quien tuvo que preparar el mensaje para anunciar su fallecimiento. Sin embargo, llegado el momento de leerlo al aire, no pudo hacerlo. Un compañero tuvo que reemplazarla.
En esa historia íntima se condensa algo que difícilmente pueda explicar una definición técnica: los mensajes rurales no son solamente información transmitida a distancia. Son una forma de estar presentes cuando la geografía impide estar físicamente cerca.
En diálogo con Dante Lobos en Otra vuelta de tuerca, por Canal 4 Esquel y FM Sol 94.7, Karina cuenta cómo vivió el encuentro con el periodista Jordan Salama, autor de la crónica publicada por The New Yorker, y el recorrido por los campos de la Patagonia. Un relato íntimo y conmovedor sobre la radio, la memoria y una tradición que sigue uniendo a nuestra gente. Mirá la entrevista completa con Karina López.
El reencuentro que volvió a empezar por la radio
La crónica tiene también una historia de reencuentro. En 2020, durante uno de sus viajes por la Patagonia, Salama conoció a Jorge Pereyra, un joven puestero que vivía solo en un establecimiento de la península Valdés, sin internet ni cobertura de telefonía celular.
Cada noche, Pereyra encendía su radio con la esperanza de escuchar noticias de sus familiares, dispersos en establecimientos rurales a cientos de kilómetros de distancia.
Seis años después de aquel encuentro, el periodista decidió buscarlo nuevamente. Con la ayuda de Karina López y de personas que conocían la zona, hizo llegar un mensaje a través del Mensajero Rural. La cadena de contactos funcionó y, finalmente, pudo reencontrarse con Pereyra, que ya había dejado el campo, vivía en Dolavon y había formado una familia.
El encuentro ocurrió en una casa de la localidad, alrededor de unos mates. Allí, lejos de aquel puesto aislado de la estepa, los dos hombres pudieron ponerse al día con sus vidas.
La paradoja es hermosa: un sistema de comunicación nacido para superar las distancias ayudó a recuperar una relación que había quedado suspendida durante años.

La primera red social, antes de las redes sociales
El título elegido por The New Yorker no es casual. Salama propone pensar los Mensajes al Poblador Rural como una forma de red social anterior a internet: una comunidad que comparte información, transmite saludos, anuncia acontecimientos y se mantiene conectada mediante una frecuencia de radio.
En sus páginas aparecen pedidos de donantes de sangre, avisos por animales extraviados, felicitaciones de cumpleaños, noticias familiares y condolencias. Mensajes breves, leídos en voz alta, que conectan a personas separadas por kilómetros de estepa.
También hay historias en las que la comunicación resulta decisiva. El artículo recuerda cómo, en una zona rural de Mendoza, un mensaje radial permitió que una familia encontrara asistencia médica para su hijo enfermo. En Chubut, en tanto, los avisos pueden ayudar a localizar animales o mantener el contacto con trabajadores y familiares que viven en establecimientos aislados.
La tecnología cambió, pero el ritual permanece. Algunos pobladores ya cuentan con internet satelital y teléfonos celulares; aun así, siguen escuchando la radio y enviando mensajes.
Mauri Mateos lo resume desde Esquel al señalar que estos espacios continúan cumpliendo una función de organización social. No se trata únicamente de resolver una necesidad de comunicación, sino de conservar un lugar compartido en el que la comunidad se reconoce a sí misma.
Una tradición que todavía tiene algo para decir
El avance de internet plantea una pregunta inevitable: ¿qué sucederá con los Mensajes al Poblador Rural cuando la conectividad llegue a todos los rincones?
Salama recoge distintas miradas, entre ellas la de Karina López, quien considera que la tradición seguirá vigente mientras haya pobladores mayores que mantengan ese vínculo con la radio. Quizás cambien los horarios, los contenidos o la frecuencia de las emisiones. Quizás algunos mensajes pierdan su urgencia y se conviertan, sobre todo, en una manera de compartir saludos y novedades.
Pero la necesidad de comunicarse no desaparece cuando aparece una nueva tecnología. A veces, incluso, se transforma en otra cosa: en un hábito, en una compañía, en una manera de sentirse parte de un lugar.
En la meseta chubutense, donde el silencio puede extenderse durante kilómetros y el vecino más cercano puede estar a una larga distancia, escuchar una voz conocida sigue teniendo un valor particular.
Por eso, que The New Yorker haya dedicado una crónica a esta práctica no es solamente una curiosidad periodística. Es también una oportunidad para mirar con otros ojos algo que forma parte de nuestra identidad regional.
En una época en la que millones de personas se comunican de manera instantánea, la Patagonia conserva una red que funciona con palabras, voces y paciencia. Una red sin perfiles, sin algoritmos y sin notificaciones en una pantalla. Una red en la que alguien enciende la radio y espera escuchar su nombre.
Y mientras haya alguien del otro lado dispuesto a escuchar, los mensajes seguirán encontrando su camino a través de la inmensidad.
Nota sobre el artículo de The New Yorker en su página web.
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