Tiene 27 años, nació y se crió en El Bolsón, y es brigadista desde los 18. Hernán Ñanco –conocido como Kutral, “fuego” en mapudungun– forma parte de los cientos de combatientes que esta temporada enfrentan los grandes incendios forestales y de interfase en la cordillera chubutense.
“En realidad estaba estudiando otra cosa, pero siempre quise hacerlo por el verano, por una temporada; de hecho yo ingresé y dije que me iba a ir en febrero. Mi primer incendio fue en La Pampa y cuando lo hice por primera vez dije: esto no es un laburo, es divertirme, aprender, se siente bien. Y me quedé”, contó en diálogo con Dante Lobos por Canal 4 Esquel y FM Sol 94.7.
Desde el 4 de enero trabaja prácticamente sin pausa. Hubo tramos de 10 o 12 días corridos, con apenas medio día de descanso antes de volver a ser convocado. “Ahora hacemos cuatro días y uno de descanso porque el cuerpo ya no nos está dando”, reconoció.

Cara a cara con el fuego
El recorrido de esta temporada lo llevó por El Turbio, Puerto Patriada, El Coihue, Lago Rivadavia, Río Tigre y distintos sectores de Cholila. Incendios que avanzan, líneas que se pierden en minutos, frustraciones que se acumulan.
“Podés tener cinco días de laburo donde estás cortando con la motosierra y haciendo una línea y venís súper bien, y en 20 minutos se te pasa el fuego y perdés todo. Bajás frustrado, muchas veces solo podés mirar y te sentís que no sos útil”, explicó.
Sin embargo, cuando la comunidad reconoce el esfuerzo, algo se acomoda por dentro: “Que la gente lo valore te baja un montón el estrés que tenés encima”.

“Habitamos el caos con una sonrisa”
En sus redes sociales (@kutral.34) comparte videos en primera persona del combate, con textos que mezclan información y una sensibilidad particular. En uno de sus posteos escribió:
“Me duelen las rodillas, las muñecas y la espalda baja. Nos dará depresión, estrés postraumático y seremos pobres y endeudados, habitando el caos con una sonrisa y un sanguchito aplastado. Pero este es el mejor trabajo del mundo.”
Esa frase resume la paradoja que atraviesa a muchos brigadistas. “O te reís o llorás. Entonces hacemos chistes, incluso cuando volcamos con el camión. Nos reímos porque estamos acá, seguimos acá”, relató.
La exigencia física es permanente: humo, calor, jornadas de 14 o 16 horas, caídas de árboles y piedras, picaduras, accidentes. Recordó el caso de un compañero con fractura de cadera y fémur tras el desprendimiento de una roca, y otro que sufrió 45 picaduras de abejas y un shock anafiláctico. También habló del estrés que queda: “Hay momentos en que escuchan desprendimientos y el cuerpo se tensa. Te retorna a eso”.
Salud mental: lo que no siempre se ve
Kutral no esquiva el tema. Reconoce que en otros países existen estudios que indican altos niveles de depresión, estrés postraumático y consumo problemático entre combatientes forestales.
“He visto llorar a casi todos mis compañeros dentro del vehículo. Llorar de bronca cuando se te pasa el fuego después de estar todo el día laburando”, afirmó.
Él realiza tratamiento psicológico. “Pasás de estar súper estimulado desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche, a un silencio incómodo en tu casa. Es difícil”, describió.

También habló de la falta de equipamiento y de los procesos administrativos que demoran la reposición de camisas o la reparación de vehículos. “Si vos pagaste un impuesto para que yo tenga una camisa y encima me tenés que hacer una colecta para comprarme otra, hay un problema del Estado”, señaló, diferenciando responsabilidades políticas pero marcando una deuda estructural.
Un mensaje a la comunidad
En el cierre, dejó dos mensajes claros.
Primero, el agradecimiento a los vecinos autoconvocados que colaboran cuidando viviendas en zonas de interfase: “Nos alivianan mucho el trabajo”.
Segundo, la prevención: “Esto va a seguir pasando. Necesitamos que la gente comprenda qué hacer antes. Si vivís en una zona que coexiste con el bosque, andá a las charlas sobre reducción de vegetación”.
Kutral habla con serenidad. Sonríe en las fotos, incluso con el rostro tiznado. Sabe que el fuego es encuentro y también destrucción. Y, aun con dolor de espalda y rodillas gastadas antes de los 30, vuelve a elegirlo cada temporada.
Porque, como dijo al aire, “una vez que ingresás y te gusta, no podés irte”.
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