La tercera edición de “Kilómetros de Inclusión” ya es parte de esas postales que van a quedar en la memoria de Esquel.
Desde temprano, la sede de la Escuela 527 de Ciegos y Disminuidos Visuales se transformó en mucho más que un punto de largada: fue un lugar de encuentro, de sonrisas, de nervios lindos antes de correr y de reencuentros entre amigos, familias y corredores que año a año eligen ser parte.
Las veredas, la calle y el entorno se llenaron de remeras verdes, coches de bebé, bastones, sillas de ruedas, manos que se buscan para guiar, chicos que miran todo con curiosidad, adultos mayores que no se quisieron quedar afuera.
Cada persona tenía su propia historia… pero todos compartían el mismo mensaje: nadie sobra cuando se trata de incluir.
Dos distancias, una misma emoción
El evento volvió a proponer sus dos modalidades:
- 10 km competitivos, con un recorrido desafiante entre senderos y sectores cercanos a la Laguna La Zeta, donde el esfuerzo se mezcló con el paisaje patagónico.
- 3 km participativos, totalmente accesibles, por asfalto, pensados para caminar, trotar, empujar una silla, llevar de la mano a alguien o simplemente acompañar.
La salida y la llegada en la Escuela 527 cerraron el círculo simbólico: la comunidad corriendo hacia el mismo lugar desde donde, todos los días, se trabaja por la accesibilidad y el derecho a la educación.
Correr, caminar, guiar, sentir
En los 3 km participativos, la emoción tuvo escenas que conmovieron a todos: personas que eligieron hacer parte del recorrido de diferentes maneras, tomadas del brazo de un guía, en nuevos medios de transporte, descubriendo lo que significa confiar en el otro para dar cada paso.
En esos minutos, la calle se convirtió en una gran experiencia sensorial compartida, donde el ritmo de la ciudad bajó un cambio y dejó espacio para ponerse en el lugar del otro.
El circuito, plano y accesible, permitió que niños, jóvenes, adultos y personas mayores pudieran participar sin barreras. En cada esquina, en cada curva, en cada suspiro, se respiraba la idea de que la discapacidad no impide ser parte del movimiento, siempre que la comunidad esté dispuesta a acompañar.
Una ciudad pintada de verde inclusión
Las remeras oficiales fueron protagonistas: un diseño inspirado en el mural audiodescriptivo de la escuela. Con más de 200 remeras en juego, las calles se tiñeron de ese verde esperanza que simboliza accesibilidad, integración y diversidad.
Por momentos, la imagen era clara: una marea verde avanzando junta, como si la ciudad entera decidiera caminar en la misma dirección.
Música, arte y comunidad
Al costado de la meta, la mañana también tuvo música, artistas locales y propuestas recreativas, que fueron el abrazo perfecto para quienes llegaban con el corazón acelerado, el cuerpo cansado y la sonrisa intacta.
Instituciones que trabajan con la discapacidad se sumaron con su presencia, reforzando el mensaje: la inclusión se construye entre todos.
Un evento que ya es parte de la identidad de Esquel
Declarada de Interés Municipal, la tercera edición de “Kilómetros de Inclusión” no solo se consolida como una carrera dentro del calendario deportivo: se afirma como una tradición afectiva de la ciudad, una cita anual donde el deporte se mezcla con la empatía, la educación y el compromiso social.
Hoy, al final del día, quedarán las fotos, las medallas y el cansancio feliz. Pero, sobre todo, quedará algo más profundo: la certeza de que cuando la comunidad se organiza, la inclusión deja de ser un discurso y se convierte en un hecho, en pasos, en respiraciones compartidas, en manos que guían y en ciudades que se animan a cambiar.
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